El áspid y el hombre o morir por unas ideas (romance)

viernes, 29 de agosto de 2008


En una tarde de octubre
Un labriego caminaba
A lo largo del sendero
Y el paisaje contemplaba
Viendo las hojas caídas,
Las vides que amarilleaban
Dando reflejos de fuego
Al páramo que habitaba.
Castilla toda iniciaba
La época de la otoñada.

Allí junto a la cuneta
Una silueta alargada
Brillando sobre la tierra
Un zig-zag sobre su espalda
La cabeza triangular
Y con pequeñas escamas
Su boca muy puntiaguda
Que despuntaba elevada;
Era una áspid hocicuda
Típica de esas montañas
Y que apenas se movía
Pues tenía una gran espina
Obstruyendo su garganta.

El hombre la recogió
Y con gran delicadeza
La espina que le sacara
Acarició a la serpiente
Y tan fría la encontraba
Que la albergó en su seno
Cubriéndose con una manta

Con el calor de su pecho
La víbora se despertaba
Y poco a poco sintiose
Que la vida recobraba
Y entonces llegó el momento
(Naturaleza llamada)
Pues con le calor del cuerpo
La víbora despertara
Y entonces con gran sigilo
Se deslizó delicada
Buscando un lugar del cuerpo
De final piel en la espalda.
Abrió su terrible boca
Y por su instinto ayudada
Clavó sus largos colmillos
Rasgando la piel ansiada
Penetrando aquella carne
Y el veneno en las entrañas.

Por la noche lo encontraron
Cubierto con una manta
Ya sin vida aquel labriego
Que por todo lo que amaba
Quiso salvar una vida
Porque la suya entregaba

Un anciano que lo vio
Dijo con su voz cansada:

“Ha sido una muerte inútil
Igual que cuando un hombre ama
Y ve que su amor peligra.
Para salvar ese amor
Para ayudar a su Dama
Solo se ha de dar la vida
Por ella, si a ti te ama”

Lluvia

martes, 26 de agosto de 2008


Al llegar la primavera
Gracias al agua y al sol
Todo el campo se embellece
Y se llena de color

Pero al llegar el otoño
Toda la tierra secó
La mies se torna amarilla
Pues la planta se agostó

Luego el fuego la destruye
Y el negro será el color
Hasta que vengan las lluvias
El otoño salvador
Y nuevamente la tierra
Vuelva a mostrar su verdor

El campo es como la vida
La lluvia como el amor

A la vera de la Alhambra

lunes, 18 de agosto de 2008

A la vera de la Alhambra
Muy cerca de la Alpujarra
Sube por la cuesta arriba
La musa de mi Granada
La de cabellos de oro
La del alma de sultana
Camino de su trabajo
Como hace cada mañana

Yo cual caballero andante
Tenderé puentes de plata
De su casa a su trabajo
De su trabajo a su casa
Y lo llenaré de rosas
Pues ella es la mas hermosa
Bella rosa de Granada

Siete cartas de amor (y VII)

domingo, 10 de agosto de 2008


Creo que como hay diferentes olores, colores y sabores así también hay diferentes formas de amar. De esta manera cada vez que te veo es diferente porque distinta es mi forma de quererte y ese es el motivo de que siempre exista esa chispa entre nosotros. De esta manera nuestra vida será siempre una primera vez, un primer encuentro de enamorados cada vez que nos veamos con la pasión, la ternura y la emoción de una primera vez.
Renovar el cariño en cada cita, hacer de cada beso el primero y emocionarnos cada vez que pronunciemos esas dos palabras mágicas…
Han sido solo siete cartas, pero podrían ser siete mil. Podría escribirte cada vez siete cartas de amor, siempre las primeras, siempre intensas y mágicas.
Cada una con distinto colorido como un arcoiris.





Siete cartas de amor (VI)

¿Amarte?, siempre. Lo hago cuando en la terraza conversamos, cuando bajo la mesa te cojo de la mano, cuando nos damos un piquito en el ascensor, cuando acaricio tu pelo, mientras te espero a la salida del trabajo, cuando te miro a los ojos, cuando me sonríes, cuando me riñes, cuando tomamos una cerveza en la barra de un bar, cuando te observo mientras hablas con otra gente, cuando estas lejos en la distancia física pero tan cerca de mi en la espiritual, cuando te abrazo, cuando te susurro al oído, cuando cuento los lunares de tu espalda. Cuando te observo caminando.
Cuando, amaneciendo, mis ojos se humedecen y pienso en ti.

Siete cartas de amor (V)

Si hay algo por lo que me siento bien a tu lado es porque consigues que sea yo mismo. Contigo no tengo ni disimulos, ni precauciones, ni secretos, ni engaños. Contigo tengo la libertad de ser auténtico, de ser yo en mi total desnudez y es así como me ofrezco a ti. Porque cada vez que estoy contigo me inmolo, me doy a ti, me entrego, vivo y muero para volver a renacer y así tener nueva vida a tu lado.
Noches inolvidables, sentados en la terraza, mirando a las estrellas, diciéndote que un día seré una de ellas para iluminarte por toda la eternidad.

Siete cartas de amor (IV)

¿Existe el destino?. Tú dices que si, en cambio yo, mas racionalista, pienso que no, que lo que existe es un afán de buscar a la persona con la que compartir vida y que cuando se busca eso, tarde o temprano, se encuentra. Eso es lo que me impulsó a buscarte sin conocerte y eso es lo que te impulsó a ti a responder a mi llamada. Pero un encuentro solo se consolida cuando las almas y los corazones son compatibles aun en su diversidad y se abren al unísono. Tú dices que nos parecemos mucho y yo te respondo que en lo fundamental si, pero que nuestras diferencias también nos unen porque es una forma de estímulo para comprendernos. Tú y yo hemos tenido una vida muy distinta y sin embargo ya nada podrá separarnos.

Siete cartas de amor (III)

sábado, 9 de agosto de 2008

Besos, cuando me beses pienso que cada uno es diferente, tan distintos como es cada uno de nuestros encuentros. Hay besos furtivos que no damos sin avisar, son besos sin pedir permiso. Los hay atrevidos, osados, provocándonos mil sensaciones. Otros son dulces y tiernos para que sepamos nuestros sentimientos del uno hacia el otro. Besos de pasión dados en la intimidad sobre sábanas blancas. Besos a escondidas en el ascensor antes que la cotilla del tercero izquierda nos vea. Besos de buenos días que saben a Licor del Polo y de buenas noches que sabe al postre. Besos agrestes de las tierras altas, de gente sufrida y trabajadora pero llena de afectos… Y ese beso de tus correos con esa onomatopeya tan tuya que usas.
Pero el beso que mas me ha llegado fue aquel que me diste a la puerta del trabajo. Un beso que le pondría la canción “Te recuerdo Amanda”.
Te dejé un saco de besos hasta mi vuelta. Adminístralos con mesura. Luego a mi vuelta de daré muchos mas.

Siete cartas de amor (II)

Recuerdo ti figura en le marco de la puerta mientras yo tomaba el ascensor. Luego ya de vuelta, mi corazón notaba tu ausencia aunque todos sus rincones tenían tu esencia. Mientras la música sonaba, mi cerebro, no paraba de revivir imágenes vividas y entonces una lágrima furtiva y desobediente se escapó de mis ojos. No no es cierto, los hombres no lloran, pensé, ni que nunca pregunten cuando se pierden, ni que jamás lean los manuales de instrucciones. Al menos no confiesan esas cosas. Pero nadie me veía.
Viviré de los recuerdos hasta mi vuelta, pensé. Tengo muchos guardados y como Penélope tejía y destejía un jersey para su amado, yo haré “rewind” y “play” a lo vivido contigo. Sabiendo Que nos quedan miles de kms de cinta para llenar entre los dos.

Siete cartas de amor (I)

Tumbada de costado, dándome la espalda, observo la blancura de tu piel mientras cuento tus lunares. Ahí estás desnuda junto a mi, tus pies encallecidos rozando los míos. Pies de mujer trabajadora acariciados por aquellos de burgués.
Te giras, poniéndote boca arriba, mientras observo tu perfil. Nariz griega, labios cuya comisura esboza esa sonrisa tierna y bella tan tuya.
Tu mano busca la mía y sin decir nada nuestros corazones laten al mismo compás. Todos es natural, sencillo y bello como eres tú.